lunes, 22 de diciembre de 2014

EDUCAR EN EL TERCER MILENIO. Antonio Pérez Esclarín

EDUCAR EN EL TERCER MILENIO
Antonio Pérez Esclarín
Centro de Formación P. Joaquín
Fe y Alegría-Venezuela
Marzo de 2001

Quisiera enmarcar mis reflexiones sobre la Educación en el nuevo milenio, en el contexto general que estamos viviendo, tanto a nivel mundial como a nivel de Venezuela, para ver si desde allí ponemos bases sólidas para avanzar con pasos firmes hacia el horizonte de esa educación y ese país transformados que, estoy seguro, late en lo mejor de nuestros esfuerzos y nuestros sueños.

Y hablando de horizonte, permítanme que les recuerde la historia que nos cuenta Eduardo Galeano de aquel hombre y aquella mujer que, fascinados por el deslumbrante paisaje de colorido y luz que veían brotar ante sus ojos, se pusieron a caminar en busca del horizonte.

Andaban y andaban y, a medida que avanzaban, el horizonte se alejaba de ellos. Decidieron apresurar sus pasos, no detenerse ni un momento, desoir los gritos del cansancio, el hambre, la sed.... Inútil, por mucho que aceleraron la marcha y multiplicaron sus esfuerzos, el horizonte seguía igualmente lejano, inalcanzable. Cansados y decepcionados, con los pies destrozados de tanto andar y ante el vértigo de la sensación de haberse fatigado inútilmente, se dijeron derrotados: “¿Para qué nos sirve el horizonte, si nunca vamos a alcanzarlo?” Entonces, escucharon una voz que les decía: “Para que sigan caminando”.

En educación, como en la vida, no hay camino hecho, se hace camino al andar. Algunos piensan que el camino ya está hecho y se lanzan a recorrerlo rutinariamente: programas, clases, evaluaciones, notas... Se suceden los cursos y los años siempre iguales. La rutina crea la ilusión de que se camina, pero es un movimiento que, si bien se presenta como fácil, nos va alejando de la meta porque nos va desalmando, nos va agusanando el corazón, nos hace perder el entusiasmo, lleva a convencernos de que no existe el horizonte. Otros hablan de la necesidad de buscar nuevos caminos, de que ya no sirven los viejos, pero se quedan instalados en sus seguridades, hablando del camino, en lugar de ponerse a recorrerlo, o confundiéndolo con las superautopistas que nos brindan las nuevas tecnologías. Muchos cambian sus palabras, asimilan el discurso de los cambios, pero siguen enquistados en las viejas prácticas, rituales y rutinas que los llevan en dirección opuesta a la que dicen quieren ir o están yendo.

Otros lo confunden con el mapa: gastan todas sus energías en elaborar un maravilloso proyecto educativo en el que plantean a dónde quieren ir, cómo van a ir, pero el proyecto queda allí, en el papel, no pone a caminar la escuela en un movimiento innovador, consciente y reflexivo, no desrutiniza las prácticas, no genera participación, entusiasmo, cooperación.

Otros, como Fukuyama, afirman con un cinismo sorprendente el final de la historia, es decir, que ya hemos llegado al horizonte. Por ello, debemos renunciar a todo tipo de acción y reflexión que signifique pensar en transformaciones profundas en las sociedades. Esto ha traído consigo un reacomodo individual a las posibilidades que se dan a nivel personal, acompañado de una renuncia a toda posibilidad de construcción colectiva. Muchos sueños y esperanzas se han transformado en un conjunto de lógicas pragmáticas y de sobrevivencia inmediata. Frente a esta antiutopía, los educadores defendemos la vocación histórica de cada hombre y cada mujer como artífices de futuro, reivindicamos la capacidad humana de soñar que es posible un mundo mejor que va a permitir el que nos entreguemos a su construcción.

Aceptar el sueño de un mundo mejor y adherirse a él es aceptar participar en el proceso de su creación. Perder la capacidad de soñar y de sorprenderse es perder el derecho a actuar como ciudadanos, como autores y actores de los cambios necesarios a nivel político, social y económico.
Tan negativo es no tener horizonte como pensar que hemos llegado a él. La autocomplacencia impide avanzar. El único modo de conseguir el horizonte es seguirlo buscando, porque la meta no está al final del camino, sino que consiste precisamente en seguir caminando y buscando siempre, en no claudicar, en administrar la esperanza y seguir fieles en la b úsqueda de una educación siempre renovada. Esto exige vivir en estado de éxodo. Cada día exige sus rupturas con prácticas acomodadas, rutinas, hábitos...Abrir caminos conlleva siempre la aventura y el riesgo de equivocación y de pérdida, pero son aventuras y riesgos de aprendizaje creativo y emancipador. El que cambia, puede equivocarse; el que no cambia, vive equivocado. Existir es cambiar. Cerrarse al cambio es darle la espalda a la vida. En el momento en que dejas de buscar el cambio, es que te han cambiado a ti.

Pero ese caminar haciendo camino sólo será consistente y tendrá sentido duradero si es al mismo tiempo un caminar al encuentro de sí mismo, a la reconstrucción permanente de la vocación de genuino educador, si, a pesar de las dificultades y obstáculos propios de ese camino por parajes sembrados de riesgos y peligros, se va experimentando y viviendo como una invitación a la plenitud, a la realización personal. El camino educativo que se hace al andar es al mismo tiempo el camino que va llenando la vida de sentido y de ilusión.

 “No había fiesta en el llano ni baile de joropo sin el arpa mágica del maestro Figueredo. Sus dedos acariciaban las cuerdas y se prendía la alegría y brotaba incontenible el ancho río de su música prodigiosa. Se la pasaba de pueblo en pueblo, anunciando y posibilitando la fiesta. El, sus mulas y su arpa, por los infinitos caminos del llano. Sobre una mula él, sobre la otra el arpa, cubierta con un hule negro para soportar los interminables chaparrones del invierno llanero en que, como describe magistralmente el poeta Lazo Martí, “el llano es una ola que ha caído, el cielo es una ola que no cae”, y para aguantar en verano el fuego de ese sol infinito que raja hasta las piedras. Una noche, tenía que cruzar un morichal espeso y allí lo esperaron los bandidos. Lo asaltaron, lo golpearon salvajemente hasta dejarlo por muerto y se llevaron las mulas y se llevaron el arpa. A la mañana siguiente, pasaron por allí unos arrieros y encontraron al maestro Figueredo cubierto de moretones y de sangre. Estaba vivo, pero en muy mal estado. Casi no podía hablar. Ante la insistencia de los arrieros que le preguntaban qué había pasado, hizo un increíble esfuerzo y logró balbucear con unos labios entumecidos e hinchados: “Me robaron las mulas”. Volvió a hundirse en un silencio que dolía y, tras una larga pausa, consiguió empujar hacia sus labios destrozados una nueva queja: “Me robaron el arpa”. Al rato, y cuando parecía que ya no iba a decir nada más, el maestro Figueredo se echó a reír. 

Era una risa profunda y fresca que, inexplicablemente, salía de ese rostro desollado. Y en medio de la risa, el maestro Figueredo logró decir: “¡Pero no me robaron la música!”

No permitamos que nos roben la música, la esperanza, los sueños, la ilusión. Ponemos alarmas para que no nos roben el carro, enrejamos puertas y ventanas para que no nos roben el equipo de sonido, el televisor..., pero no nos protegemos de los que nos roban la ilusión. Si no tenemos ilusión,  estamos muertos como educadores.

Hoy más que nunca, y precisamente porque miles de millones de personas en el mundo son sacados o “excluidos” de la posibilidad de una vida digna, la ilusión, la esperanza y la utopía , como dice Frei Beto, “no sólo tienen futuro, sino que se tornan necesarias y urgentes. Pero no se encontrarán en ningún estante de supermercado. Surgirán en la medida en que los empobrecidos se vuelvan artífices de cambios hacia un futuro mejor...No hay pues, fin de la historia, Fukuyama, cuando se descubre la propia historia personal como parte de un proceso colectivo, y cuando se adquiere la conciencia de los derechos humanos, civiles, políticos, sociales y religiosos. En algún sitio leí de aquel cura que se quejaba de que muchos se confesaban de haber tenido malos sueños, pero nadie se confesaba del pecado mucho más grave de no soñar. No permitamos que nos roben el derecho a soñar, que es el más importante de todos. Sin él, no tienen sentido los demás. Sería terrible si no pudiéramos imaginar una educación y un mundo diferente, soñar con él como proyecto y entregarnos con esperanza y alegría a su construcción.

Opongamos nuestra capacidad de soñar al antisueño de los pragmáticos. Recordemos a Facundo Cabral: “Si dejamos morir nuestros sueños seremos pobres, si los cuidamos y ponemos en práctica, seremos ricos”.

El momento venezolano y el contexto mundial Venezuela se enfrenta en los actuales momentos a un triple reto: profundizar y llenar de sentido la actual democracia, mero cascarón hueco, sin contenido, de modo que todos los venezolanos nos constituyamos en sujetos de vida y de ciudadanía y el cumplimiento de nuestros deberes y nuestros derechos regulen nuestras relaciones; el segundo gran reto es cambiar el modelo rentista por un modelo productivo que asuma el trabajo como medio esencial de realización personal y garantice a toda la población bienes y servicios de calidad.

Venezuela es un país pobre (necesitamos quitarnos de nuestras cabezas que somos ricos.

¿Cómo vamos a considerarnos ricos con el 85% de venezolanos en pobreza, con el 16% de desempleo y casi el 50% en la economía informal, con los hospitales sin siquiera inyectadoras, escuelas destrozadas, y prácticamente todos los servicios colapsados?) Venezuela es un país potencialmente rico que requiere, para ser realmente rico, del esfuerzo y el trabajo de todos. Detrás de cada milagro económico, llámese milagro alemán, japonés, español, está un pueblo que ha creído en sí mismo y ha asumido su propia superación mediante el trabajo. El tercer reto que debemos enfrentar los venezolanos es lograr un desarrollo con justicia y equidad, es decir, sin excluidos ni perdedores, sin desechables, un desarrollo que alcance a todos. Las soluciones macroeconómicas no pueden sustentarse sobre la generación de la macropobreza.

A pesar de las contradicciones inevitables del proceso que estamos viviendo, una cosa es evidente: Venezuela no ha renunciado a la esperanza y sigue soñando y esperando en constituirse en una nación donde todos podamos vivir con dignidad.  

Enfrentar los retos señalados va a exigir múltiples respuestas de orden político, económico y social, pero también respuestas educativas. Si bien es cierto que sola la educación no es suficiente para sacar al país de la crisis, es igualmente cierto que no saldremos de ella sin el aporte de una educación renovada, de calidad, que alcance a toda la población venezolana, la retenga en el sistema (hay que combatir la exclusión social y la exclusión propia de la escuela.

Los que nacen con la amenaza de la desadaptación social no pueden convertirse en la escuela en desadaptados escolares), y forme su mente, sus manos y su corazón. La educación por sí sola no construye nación, pero sin ella no es posible la nación. La educación sola no puede producir los cambios necesarios, pero sin ella no es posible el cambio. Es por ello urgente que los educadores asumamos el protagonismo que nos están exigiendo los tiempos actuales, sacudamos nuestras inercias, rutinas y pesimismo, y nos aboquemos a gestar un proyecto educativo de genuina calidad para todos.

La gestación de ese proyecto no puede perder de vista el contexto en el que estamos viviendo en este cruce de siglos y milenios. Vivimos bajo el signo de la globalización. La globalización es una metáfora que expresa la ruptura de lo local y la mundialización de todas las esferas de la actividad humana. Hoy todos somos corresponsables e interdependientes y es imposible el aislamiento y la verdadera autonomía. Todo lo que sucede en cualquier rincón del planeta de algún modo nos atañe. Nos hemos convertido en ciudadanos del mundo, sin dejar de ser hijos de la aldea. El mismo día se ven las mismas noticias y los mismos videoclips en todos los rincones del mundo, se exhiben los mismos ídolos del deporte, la música o la moda, se consumen las mismas hamburguesas y refrescos, se nos induce a comprar determinados jeans o a distinguirnos con cierta tarjeta de crédito. El mundo se ha cocalizado, se ha macdonalizado, se ha convertido, en breve, en una aldea global donde todos nos conocemos, pensamos de un modo semejante y aspiramos a lo mismo.

Como planteara el P. General de los Jesuítas, Peter Hans Kolvenbach (“Los desafíos de la educación cristiana a las puertas del tercer milenio”, Arequipa, Perú, 1998, mimeo), “la globalización como tal no implica una connotación negativa; más bien ofrece inmensas posibilidades para el desarrollo de la humanidad. Pero cuando no se respetan los valores más fundamentales de la persona humana –como ocurre en el campo económico con la absolutización del libre mercado-, la globalización resulta verdaderamente nefasta”.

Los éxitos de los ajustes macroeconómicos se traducen de hecho, en crecientes desajustes en los presupuestos cada vez más micros de las mayorías. El mundo de este final de siglo funciona para unos pocos y contra muchos. Con la globalización de la economía hay unos ganadores, los ricos, y unos perdedores claros, los pobres. Y eso lo dice la ONU. Esto ocurre a nivel mundial entre países y a nivel de personas dentro de cada país. Para captar la ilusión que se esconde tras la globalización, el informe del Programa de la Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) usa esta metáfora: la globalización es una marea de riquezas que supuestamente levanta a todos los barcos; los trasatlánticos y yates poderosos navegan bien, los barcos pequeños hacen agua, las canoas y barquitos se hunden. Y es que si bien la globalización es inclusiva como mercado, es decir, el consumo, la información, los productos para el ocio y la diversión..., se expanden sin fronteras y tiende a llegar a todos los rincones del mundo, es excluyente, de todos aquellos, que son la mayoría, que no tienen capacidad de adquirir esos bienes que la publicidad vocea y ofrece a manos llenas, y que incluso tienen negado el acceso a los bienes y servicios fundamentales.

Asomémonos a algunos datos escalofriantes de las desigualdades, pobreza, muerte y destrucción en el mundo:
-Los 225 personajes más ricos del mundo acumulan una riqueza equivalente a la que tienen los 2.500 millones de habitantes más pobres, es decir, el 47% de la población mundial. El PIB (Producto Interno Bruto) de China, con 1.300 millones de habitantes, es superado por el dinero de 84 de esos supermillonarios. Los tres personajes más ricos del mundo tienen activos que superan el PIB combinado de los 48 países menos adelantados. 

-El 20% de la población mundial acapara el 86% de todos los recursos de la tierra, lo que demuestra la imposibilidad de que toda la humanidad alcance los niveles de desarrollo de la minoría privilegiada. Las matemáticas nos demuestran que, para alcanzar todos los habitantes del planeta el desarrollo de ese 20% privilegiado, se necesitarían los recursos de más de cuatro planetas tierra. El que unos pocos puedan disfrutar del consumo más desenfrenado es a costa de las necesidades insatisfechas de las grandes mayorías. Si toda la humanidad tuviera acceso de repente a los niveles de consumo de los países del Norte, el mundo colapsaría. Sólo con que todo el mundo tuviera el mismo promedio de carros y neveras que tienen los norteamericanos, el aire del mundo se tornaría irrespirable.

-El 25% de la población total del mundo, es decir, 1.442 millones de personas, viven en la más atroz de las miserias y no ganan ni siquiera el equivalente a un dólar diario para vivir (unos 23.000 bolívares al mes).

-En un mundo intercomunicado por el internet, redes satelitales y superautopistas de la información, hay todavía mil millones de personas analfabetas absolutas, de las cuales 600 millones son mujeres. La pobreza tiene rostro eminentemente femenino: el 70% de las personas que viven en situación de extrema pobreza son mujeres. A pesar de que las mujeres trabajan hasta diez horas más a la semana que los hombres, sus salarios son un 50% y un 80% más bajos. Las mujeres que trabajan, tienen que enfrentar además, en su mayoría, el trabajo extra y extenuante del hogar y de los hijos.

-Mil millones de personas viven sin agua potable. 800 millones sufren desnutrición crónica, 200 millones de niños menores de cinco años están desnutridos y 11 millones de niños mueren al año de hambre.

-Millones de niños deambulan sin dignidad por las calles, solos, sin familia, sin afecto, durmiendo sobre periódicos debajo de puentes o en las entradas de edificios, inhalando pega para evadirse de su terrible situación, y caen día a día en las garras de la prostitución, la delincuencia, la pornografía, el tráfico de drogas y otras actividades ilícitas, o son víctimas de los escuadrones de la muerte o de las mafias que los usan como mendigos o les extraen los riñones o pulmones para venderlos en el mercado de transplantes.

Pobreza e insensibilidad humana

Si graves son los datos a los que nos acabamos de asomar, tal vez sea todavía más grave la creciente insensibilidad ante la pobreza. La pobreza y la miseria, la muerte por hambre, los niños de la calle, es un paisaje cotidiano al que nos estamos acostumbrando y ya no nos causa ni desconcierto ni indignación. La igualdad ya no es un ideal al que tender, pues la desigualdad se considera motor de avance, de superación, de cambio. En consecuencia, la pobreza ya no se liga como hace unos años a algún tipo de injusticia sino que se considera únicamente responsabilidad de los pobres. Ellos son los responsables de su pobreza. Si hay pobres es porque son flojos, vagos, irresponsables, ineficientes... 

En consecuencia, los pobres son percibidos cada vez más como enemigos y amenazas o, como ya denunciara su Santidad, el papa Juan Pablo II en su encíclica Centessimus Annus, “como un fardo o como molestos e inoportunos, ávidos de consumir lo que otros han producido”. De ahí que la delincuencia ya no es considerada como consecuencia de las políticas económicas y sociales, sino como causa del malestar social, con lo que se adelantan cada vez planes más costosos para reprimirla y acabar con ella (es decir, con los delincuentes. El mismo sistema que genera la pobreza quiere acabar con los pobres), en vez de atacar las causas que la originan. Se gastan cifras cada vez más desorbitantes en policías y equipos, en cárceles, pero no hay dinero para educación, deporte, creación de fuentes de trabajo, capacitación juvenil, medios mucho más eficaces para combatir la delincuencia. Que cada uno proteja lo mejor que pueda los bienes adquiridos con su esfuerzo y su talento que están seriamente amenazados por la envidia de los miserables.

De ahí la proliferación de armas, alcabalas, sistemas de seguridad cada vez más sofisticados y vigilantes privados en las urbanizaciones exclusivas. Encerrados en cárceles doradas, la gente pide cárceles inmundas para los ladrones y delincuentes. La cultura de la insensibilidad es también la cultura del multilock y las alarmas, sobre la que van germinando brotes cada vez más vigorosos de nuevos facismos que no vacilan en pedir pena de muerte para los malandros, como piden las pintas en las paredes de muchas ciudades.

Sin embargo, si los seres humanos fuésemos capaces de ver los rostros de nuestros semejantes con ojos misericordiosos y recobráramos nuestra sensibilidad, la pobreza sería fácilmente derrotada. Así como un día fue derrotada la esclavitud, hoy puede ser derrotada la pobreza. Sólo hace falta voluntad y decisión. Esto supone, en primer lugar, superar una serie de mitos bloqueadores, como el de que en todas partes hay pobres, o el de que, como señala Bernardo Kliksberg, (“¿Se puede superar la pobreza”, El Universal, Lunes 1 de Febrero de 1999, 2-7)

“hay que tener paciencia y esperar. Haciendo todos los esfuerzos para elevar la tasa de crecimiento económico, el mismo se derramará, y la pobreza desaparecerá. La realidad funciona distinta según numerosos estudios. Es absolutamente deseable y necesario que haya crecimiento económico, pero el mismo no se derrama solo. En muchos casos recientes, no ha llegado a los pobres casi nada de él. Un factor fundamental es el grado de inequidad reinante en una sociedad. Si es muy alto, el crecimiento no baja a los pobres. América Latina, desafortunadamente, es considerada la zona más desigual del planeta, con la mayor polarización en la distribución del ingreso. Aquí es difícil que el crecimiento se derrame solo. La espera y la paciencia no ayudarán”.

Junto a la superación de estos y otros mitos semejantes que sólo contribuyen a dejar las cosas como están e impiden emprender campañas atrevidas, es urgente que todos nos aboquemos a  combatir la pobreza, como la enfermedad más grave y vergonzosa de este fin de milenio. Esto va a suponer unas políticas vigorosas en salud, educación, vivienda y trabajo, lo que exige una fuerte intervención del Estado, que debe garantizar a todos los derechos fundamentales de comida, salud, vivienda y educación. Es lamentable que la mayoría de los gobiernos de los países en desarrollo gasten más en dotación de sus Fuerzas Armadas y en el servicio de la Deuda Externa (y eterna, pagada y repagada y siempre igual. La mayor exportación hacia el Norte de los países del Sur es de capital) que en salud y educación. La lucha contra la pobreza, la enfermedad, el analfabetismo y el desempleo no pueden dejarse en manos del mercado. Los Estados deben entender que la inversión en capital humano es la inversión más rentable, la única eficaz para acabar con la pobreza y alcanzar un desarrollo sustentable.

Para los escépticos que siguen pensando que acabar con la pobreza es imposible, les ofrecemos los siguientes datos: Hemos entrado al siglo XXI con cerca de 36 mil cabezas nucleares y gastos militares mundiales que se estiman aproximadamente en 780 millardos de dólares anuales. Según el Programa de Desarrollo de la ONU, la inversión de menos del 10% de esa suma sería suficiente para alcanzar el acceso universal a la educación, el agua potable, los servicios de saneamiento y de salud, así como la nutrición, en todos los países en desarrollo (Jayantha Dhanapala, “El desarrollo sostenible pasa por el desarme”. El Nacional, A/6, Febrero 8, 1999). A su vez, el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo de 1998, nos ofrece los siguientes datos: proveer servicios de salud pública y nutrición a los 4.400 millones de personas que viven en países en desarrollo, costaría 13.000 millones de dólares anuales. Actualmente, se gastan 17.000 millones de dólares anuales en alimentos para perros en Europa y Estados Unidos; 35.000 millones anuales en la industria del entretenimiento en Japón, y 50.000 millones anuales en cigarrillos en Europa”. En la primera noche de bombardeos a Yugoeslavia se calcula que se gastó más que todo lo recaudado para ayudar a las víctimas del huracán Mitch en Centroamérica. ¿Es imbatible la pobreza en el mundo o no hay voluntad para hacerlo?

Formar sujetos autónomos y ciudadanos responsables: reto de la escuela del tercer milenio

En un mundo que nos invita al individualismo y al teleconsumo como modo de lograr la identidad y realización plenas (“consumo, luego existo”), que canibaliza nuestras relaciones e impone el darwinismo social (la sobrevivencia de los más fuertes y de los que son capaces de adaptarse a los cambios) y moral (los pobres son culpables), que pretende degradar a los ciudadanos a meros consumidores y clientes, la finalidad de la educación debe ser la emergencia y el fortalecimiento del sujeto, lo que supone la defensa de la libertad personal y el desarrollo de la comunidad. Como hemos repetido con insistencia, la formación de la persona y del ciudadano debe ser el objetivo fundamental de toda genuina educación. En Venezuela, y en el mundo en general, hay muchos habitantes pero muy pocos sujetos autónomos, capaces de darle sentido a su vida, muy pocas personas que se atreven a agarrar la vida en sus propias manos y la viven a plenitud, sin ser vividos por los demás (mercado, modas, costumbres, objetos, rutina, dinero, dirigentes...). 

La mayoría gastan su existencia en las orillas de la vida, chapoteando en el barro de la trivialidad y superficialidad, incapaces de construirse como  sujetos, de darle un sentido propio y personal a su vida. Viven, en definitiva, la vida como actuación. No son autores de su proyecto vital, sino meros actores de un guión que escribieron los sacerdotes principales del dios mercado. Ellos determinan cómo debemos vestir, sentir, hablar, reír, comer, hacer el amor; qué carro debemos manejar, con qué celular debemos hablar, qué tarjeta de crédito poseer. Bajo la ilusión de que vivimos plenamente la vida, somos, en definitiva, vividos por los demás. La libertad se viene entendiendo cada vez más como la capacidad de responder a las sugerencias y orientaciones del mercado, y a la satisfacción del instinto continuamente estimulado por él. Ya no se trata, en consecuencia, de hacer lo que uno piensa o quiere, sino responder a los pensamientos y decisiones de los demás, o a las exigencias del instinto. La libertad se convierte en su opuesto: la total dependencia, la esclavitud al mercado o al instinto, la vivencia de un hedonismo que se refleja, en palabras de D. Bell, en “la idea de placer como modo de vida” y la “satisfacción del impulso como modo de conducta”. En este sentido, los animales, que actúan siempre en respuesta a sus instintos, se convertirían en el ideal de esta especie de libertad atrofiada.

La persona plenamente humana es aquella que consigue ser ella misma, que logra desarrollar sus potencialidades y realizar su misión en la vida. Sólo personas auténticas serán capaces de salir de sí mismas, comprometerse con causas nobles y hacerlo con libertad. Podrán ser genuinos ciudadanos capaces de vivir y vivir con, es decir, de convivir, y entregarse a la gestación de una cultura y una sociedad que garantice y promueva la vida plena de todos.

Si la educación se orienta a formar sujetos autónomos y ciudadanos responsables, tiene que proponer implícita y explícitamente valores como autenticidad, respeto, participación, responsabilidad, trabajo, justicia, cooperación, solidaridad, convivencia, libertad, amor, servicio... La promoción de estos valores con la palabra, el ejemplo y sobre todo la vivencia, busca que todos los miembros de la comunidad educativa se conviertan en hombres y mujeres responsables en la toma de decisiones personales, capaces de formarse juicios correctos ante la realidad tan compleja, respetuosos de los demás, dotados de una sana autoestima y bien posesionados de sus derechos y deberes sociales para el ejercicio de la auténtica democracia participativa y social.

Pero, como ya hemos insistido en muchas otras oportunidades, no se trata tanto de “impartir” o “proponer” valores, sino de sembrarlos en la práctica educativa de modo que se vivan en la cotidianidad. Los valores se aprenden fundamentalmente por la vivencia, no por la prédica o el discurso. De ahí la necesidad de ayudar al alumno a descubrir y potenciar sus valores personales, ayudarle a conocerse y comprenderse, pues sólo así podrá comprender a los demás y comprender el mundo que le rodea, en el contexto de una cultura y una sociedad que no se cansan de proponernos el individualismo, el egoísmo, el consumo y el tener, como los genuinos valores que realzan las personas y dan sentido a la existencia.

Clarificados los valores personales (y también los que se viven en el centro educativo y aparecen reflejados en el curriculum oculto mucho más que en los idearios y proclamas de los proyectos educativos), hay que construir colectivamente los valores que realmente estamos dispuestos a promover y estructurar en torno a ellos toda la dinámica educativa. Los centros escolares deben concebirse como espacios para practicar, vivir y desarrollar los valores que se consideran esenciales para el individuo y la colectividad. Las escuelas deben entenderse y asumirse como comunidades de vida, de participación democrática, de búsqueda intelectual, de diálogo y aprendizaje compartido, de discusión abierta sobre las tendencias socializadoras.

Comunidades educativas que rompan las absurdas barreras artificiales entre escuela y sociedad, en las que se aprende porque se vive, porque se participa, se construyen cooperativamente alternativas a los problemas individuales y sociales, se fomenta la iniciativa, se toleran las discrepancias, se integran las diferentes visiones y propuestas, se construye, en breve, la genuina democracia. Los alumnos aprenden democracia viviendo y construyendo realmente su comunidad democrática de aprendizaje y vida. De ahí que el modo de organización y comunicación, de ejercer la autoridad y el poder, la forma en que se tratan los diferentes miembros de la comunidad educativa, el respeto a la diversidad y las diferencias, la responsabilidad y compromiso con que cada uno asume sus tareas y obligaciones, la defensa de los derechos de los más débiles, la solidaridad y discriminación positiva que se practica en todos los recintos y tiempos escolares que privilegia a los menos favorecidos y estimula la pedagogía del éxito para todos, la manera como se enfrentan los conflictos y se resuelven los problemas, los modos de celebración, trabajo y producción, deben en cierta forma expresar el modo de vida y de organización de la sociedad que buscamos y queremos. Se trata, en definitiva, de transformar profundamente nuestras escuelas para que sean semillas y ya espejos de la nueva sociedad.

Esto no será posible si no nos reculturizamos y no pasamos progresiva y sostenidamente de la cultura del individualismo que tanto practicamos y fomentamos en los centros escolares a la cultura de la cooperación. Debemos combatir con decisión el aislamiento de los docentes (cada uno se considera en su aula dueño y señor, raramente se visitan en los salones, no planifican juntos, no se resuelven los problemas de uno entre todos, no se contrastan ni debaten las propuestas pedagógicas, no hay tiempos para la reflexión cooperativa...); el individualismo e insolidaridad de los alumnos que pronto aprenden que su éxito académico implica el fracaso de los otros; y el desinterés y desconexión educativa de los padres y representantes. La creación de culturas cooperativas entre directivos, maestros, profesores, alumnos y comunidad contribuye a aprovechar la experiencia de unos y otros, pone los recursos a disposición de todos, proporciona apoyo y estímulo y crea un clima de confianza en el que pueden manifestarse los problemas y errores y celebrarse los éxitos. La colaboración reúne los recursos necesarios para afrontar y superar problemas complejos e imprevistos y posibilita el éxito de todos. Los alumnos aprenden a compartir más que a competir.

 Y no olvidemos que reculturizar implica reestructurar. Reestructurar la escuela supone modificar tiempos y espacios, reglas y relaciones, funciones y responsabilidades, lo que implica promover la verdadera participación (no la falsa, la sumisa: padres que vienen cuando los llamamos y hacen lo que les pedimos, alumnos que estudian y obedecen, docentes que cumplen con su deber y nunca proponen nada) y estar dispuestos a redistribuir o democratizar el poder. En una verdadera comunidad democrática de aprendizaje, docentes, alumnos y comunidad han de estar real y activamente implicados en la elaboración y desarrollo de las decisiones más importantes. El hecho de trabajar juntos no es sólo una forma de establecer relaciones y de resolución colectiva de conflictos, sino que es también fuente de aprendizaje:  ayuda a reconocer problemas, a allanar dificultades, a responsabilizarse, a instar y afrontar el cambio, a contemplar los problemas como cuestiones a resolver y no como ocasiones para culpar a alguien, a valorar las voces diferentes e incluso las disidentes. Senge plantea que las organizaciones que aprenden son aquellas en las que las personas aprenden contínuamente y juntas a aprender. Se trata, en breve, de pasar de la organización del aprendizaje, al aprendizaje de la organización.

Aprender a aprender, a comprender (se) y emprender

No puedo terminar sin insistir , aunque por la brevedad del tiempo sólo será de pasada, en que la educación del tercer milenio, más que ofrecer información para memorizarla, debe provocar la habilidad de buscar la información necesaria, procesarla y transformarla en conocimiento. Debe enseñar, como hemos repetido en otras oportunidades a aprender, a comprender (sin comprensión no hay aprendizaje; la memorización y el caletre son los recursos del alumno cuando no entiende. Si le ponemos 20 a la lección caletreada estamos premiando su ignorancia), y a emprender, desarrollando la iniciativa, la creatividad, la curiosidad, el deseo de aprender.

De aquí la importancia de enseñar a leer, escribir y pensar. Si la escuela enseñara realmente a leer bien y desarrollara en los alumnos una verdadera afición por la lectura, cada vez más compleja y personal, habría logrado lo esencial. Si de nuestras aulas salieran alumnos lectores, a los que les gusta leer, que necesitan leer, les estaríamos abriendo la puerta a la sabiduría. De ahí que el reto de la escuela no es meramente alfabetizar a los alumnos, sino convertir a la población en lectora .Esto no será posible si los docentes no son lectores, si no sienten la necesidad y el placer de leer y de hacer de la lectura un instrumento de uso diario.

No es fácil llegar a ser un buen lector y uno nunca termina de serlo. Lector de textos y del contexto, capaz de escuchar e interpretar los gritos desgarradores de la realidad. Pasar de lector pasivo o consumidor de textos a lector crítico de ellos y de las intenciones de sus autores. Lector de los nuevos códigos de comunicación e información, de los lenguajes audiovisuales, para procesar, utilizar y desmitificar las múltiples informaciones que nos lanzan, el sentido y sinsentido de tantas propuestas educativas, políticas, económicas y sociales. En palabras de Daniel Goldin, “el buen lector es un proyecto que todo amante de la lectura aspira cumplir. No es fácil enfrentar la ardua tarea de llegar a la buena lectura cuando no hemos comprendido vivencialmente por qué es importante la lectura en nuestra vida. Pero tampoco podremos comprender por qué es importante si antes no sentimos con claridad que los otros tienen importancia en nuestra vida, aunque hagan nuestra existencia más difícil y compleja” (Aprender a leer hoy.Espacios para la lectura, N. 3, 1, 1998).

Si es difícil llegar a ser un buen lector, más difícil resulta todavía llegar a ser un buen escritor.
Aprender a escribir supone más que alguna otra cosa, aprender a pensar. La escritura implica un proceso de reflexión y comunicación, nos obliga a volver y meditar sobre nuestro propio pensamiento. Uno no termina de comprender una idea hasta que la escribe. “Si quieres saber lo que piensas, escríbelo”. Detrás de muchas resistencias a escribir, se ocultan las resistencias a pensar, y es triste constatar cómo con frecuencia los alumnos han pasado diez, quince o más años en el sistema educativo y muy pocas veces escribieron algo propio, ni se les enseñó a escribir realmente, a comunicar de un modo personal sus pensamientos. Se limitaron simplemente a copiar y transcribir en cientos de páginas las palabras y pensamientos de otros.

Y es que, como manifestara magistralmente el escritor Julio Ramón Ribeyro (Prosas apátridas. Tusquets, Barcelona, 1975), “Escribir, más que transmitir un conocimiento, es acceder a ese conocimiento. El acto de escribir nos permite aprehender una realidad que hasta el momento se nos presentaba en forma incompleta, velada, fugitiva o caótica. Muchas cosas las comprendemos sólo cuando las escribimos”.

Escribir es comunicar, derramarse en los demás para desatar procesos de creación, de ilusión, de esperanza. Como ha dicho Eduardo Galeano, uno escribe, pero el texto se realiza en el lector. Las palabras viajan dentro de él, le pertenecen. La escritura es una forma de buscar al otro, de pertenecerle, de darse, de entregar el alma. Supone la aventura de la incertidumbre. Es como arrojar botellas al agua con mensajes de amor, de esperanza, con la ilusión de que alguien las recogerá. De ahí que leer y escribir necesitan de un silencio y una escucha previos.

Sólo quien es capaz de escucharse, de escuchar el silencio, podrá decir y escribir palabras verdaderas. 

La voz del silencio se hace educativamente necesaria en un mundo aturdido por tanto ruido banal para avanzar hacia un diálogo profundo y humanizador.

Mi invitación es pues a escribir y a hacer de la sistematización, una sistematización socializada y confrontada, una herramienta privilegiada de nuestra formación permanente.

Invitación a comprometernos en una escritura cada vez más constante y personal. Para ello, en primer lugar, hay que enfrentar todas nuestras excusas y miedos: falta de tiempo, miedo a crear, miedo a responsabilizarse, miedo a enfrentar las propias deficiencias, miedo a sufrir pues, no lo olvidemos, uno siempre escribe con la propia sangre.
 Antonio Pérez Esclarín

 Maracay, marzo de 2001

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Zhair Marrero S.
Docente, Mediador Educativo, especialista en Pedagogía de la Paz y Pedagogía Sistémica.
entrenamiento.mediacion@gmail.com